Las tetas de esa mujer eran perfectas. Me hizo tener una erección como nunca y sólo deseaba desfogar mis instintos como siempre. Repasaba mentalmente la forma cómo exploraría por esos rincones de ese delicioso cuerpo hasta descubrir el punto que más placer le causaría. Eso es lo que más me exita: encontrar el punto exacto de cada mujer para darle el mayor placer. Pero estaba realmente jodido: era el maldito presidente del mundo y no podía hacerlo, porque todo el mundo opinaría.
Que curioso: cada huevón del planeta cree tener derecho a juzgarme. Unos me creen bien pendejo y que aprovecho mi cargo. Hay otros que me consideran inmoral, tanto que a pesar de haber dado por primera vez en la historia la paz del mundo no merezco el cargo, porque me gusta una mujer de tetas grandes. Otros, más atrevidos, pedirían que me juzguen públicamente y que se me corte el pene frente a todos, en una transmisión sin precedentes usando televisión, cable, satélites, DSL, internet y cuanto medio exista. Hasta un violador desde su celda declaró que debían de indultarlo porque durante mi mandato le habían apresado y a pesar de habérsele encontrado en plena violación, mi deshonor hacía que este criminal sea exonerado.
Todo esto me confirma que es toda una mierda el ser presidente del mundo: no puedes ni rascarte el culo sin que lo analizen. Por eso cuando desperté y vi que sigo siendo el mismo ilustre desconocido de siempre le di gracias a Dios por no ser ese huevón de mi sueño y me rasqué las bolas como cada mañana y de paso, una masturbada pensando en aquellas tetazas.
